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Henri Cartier-Bresson: Place de l’Europe, 1932 |
Con cada paso te pegas a los pies, sincrónico como los mimos,
asquerosamente perfecto. No como esos mimos de cara engrasada en blanco que
tardan unas décimas de segundo en reaccionar e imitar los movimientos. Fuiste
perspicaz cuando decidiste no mostrar tu rostro para no ser reconocido, ello te
convirtió en el mejor de los espías del que nadie sospecharía. Da
igual lo mucho que salte o corra; siempre me persigues y vuelves a aparecer.
Cuando creo que me he desprendido de ti, sólo es necesario un pequeño giro para
volverme a topar con tu infame presencia. Ruin donde los haya. No emerges y te
enfrentas cara a cara, sino que te quedas en la retaguardia protegido bajo la
superficie de los charcos de agua; donde mis manos no pueden alcanzarte sin ser
destrozadas en añicos por el asfalto. Pusilánime parásito.