Facebook, Tuenti, Twitter, Whatsapp. Smartphones. Internet
everywhere. Moriría si me dejaran una semana sin poder hablar con absolutamente
nadie. Acabaría loca.
Creo que me estoy haciendo abuela. Mi primer móvil lo tuve a
los 15 años (supongo que habrá lectores que digan que ellos hasta los 30 años
no vieron uno). Ahora veo a chicos de 11 años pegados a las ruidosas y
migrañosas teclas de una Blackberry mandándose mensajitos cada 3 minutos por el
conocido “Guasa-p”. Hasta hace unos años
pensaba que estos aparatos estaban destinados al fracaso, quién iba a querer un
móvil que ocupara tanto espacio y con unas teclas tan diminutas.
En cuanto a esos escaparates sociales qué decir. Agrega al
amigo del amigo que conociste esa noche, a la vecina del 4ºD con la que has
cruzado palabra en una ocasión en los buzones, al amigo de tu hermana, a Pepito
Grillo, a los calcetines del armario. Recuento total: 357 amigos. Reales: 300.
Conocidos: 280. Desconocidos: 20. Los has visto >5 veces:200. Tienes alguna
clase de contacto extrainternetiano: 50. Amigos: 12. Amigos a los que recurrir
a las tantas de la noche: 3.
Y me hace gracia descubrir cómo de esos 12 amigos, alguno de
ellos es capaz de mantener largas y tendidas conversaciones vía mensajería
instantánea, siendo chistoso e incluso original. Las conversaciones por estos
medios suelen ir mucho más lentas, con lo cual da la sensación de haber tenido
una charla prolífica. Sin embargo, luego me topo en el cara a cara con un sin
cara plano que no resulta ni la décima parte de chistoso, ni la décima parte de
interesante, porque nunca tendrá nada nuevo que decir o nunca llegará a
preguntar qué tal te encuentras inmiscuyéndose emocionalmente en tu vida, implicándose
contigo.
Y me quedo con las ganas de saborear más el pastel, porque
no puede ser que no esté dulce, porque me niego a pensar que tanto bla bla bla
arriba, bla bla bla abajo tenga como finalidad hacer de relleno en una sosa y aburrida vida.