
Nunca hubiera pensado que llegaría a dar
gracias por haber dejado de ser joven, por haber perdido la frescura y
sensibilidad, porque la savia ya no corriera por mis venas. El barniz
de los primeros años ha quedado desgastado. En ocasiones desearía que me
hubieran dado varias capas, que fuera una coraza que me impidiera oír
tus gritos de terror. Imaginar que todo está como estuvo en un
principio, sin golpes ni arañazos. Sin más contusiones en las patas que
las de los pies de una familia que se sienta a mi alrededor a la hora de
comer. Sin moretones en tu cara, sólo mis pardas vetas. De otra forma,
me resquebrajaría en astillas con las que torturarlo.
No te sientas sola, mujer, porque mis ojos
todo lo ven, no pienses que nadie te escucha porque mis anillos todo lo
tienen grabado. No te creas hierba frágil porque la violencia es el
recurso del débil, del que tiene miedo de que el resto contemple la
belleza de tus flores, la dulzura de tus frutos. Yérguete y crece
fuerte.