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domingo, 22 de febrero de 2015

El reflejo

Henri Cartier-Bresson: Place de l’Europe, 1932
Con cada paso te pegas  a los pies, sincrónico como los mimos, asquerosamente perfecto. No como esos mimos de cara engrasada en blanco que tardan unas décimas de segundo en reaccionar e imitar los movimientos. Fuiste perspicaz cuando decidiste no mostrar tu rostro para no ser reconocido, ello te convirtió en el mejor de los espías del que nadie sospecharía.  Da igual lo mucho que salte o corra; siempre me persigues y vuelves a aparecer. Cuando creo que me he desprendido de ti, sólo es necesario un pequeño giro para volverme a topar con tu infame presencia. Ruin donde los haya. No emerges y te enfrentas cara a cara, sino que te quedas en la retaguardia protegido bajo la superficie de los charcos de agua; donde mis manos no pueden alcanzarte sin ser destrozadas en añicos por el asfalto. Pusilánime parásito.

sábado, 7 de abril de 2012

Infinito


Pequeñas manchas de colores se mezclaban formando un minúsculo reflejo en las gotas de lluvia asentadas sobre la ventana. Contemplaban estupefactas desde el otro lado del cristal a ese joven chico que pasaba en silencio tantas horas frente a ellas en días borrascosos como aquel. 
Su único entretenimiento era ver cómo caían, cómo naufragaban una tras otra, llevándose a la deriva entre ellas. Contaba los segundos que lograban resistir impávidas ante la gravedad. El grafito se desprendía salpicando las páginas del cuaderno donde anotaba con fiereza cada tiempo. Disfrutaba con la derrota de todas ellas. Para él, una victoria. Si el destino le había aguardado una vida de encierro en un enésimo piso entre esas 4 paredes y la ventana, éste debía de actuar igual, cruelmente, con todos los elementos que componían su reducido universo; con los que él nunca podría llegar a entrar en contacto. Se lo tenía que demostrar a sí mismo.
Cuando el mal tiempo pasó, las gotas de lluvia se evaporaron. Los segundos, horas y días se sucedían y no había nuevas victorias, pero él sabía que tarde o temprano regresarían. Cansado de esperar, cogió el cuaderno y dejó una última nota. Abrió la ventana y voló. Su cuerpo se volvía transparente, líquido, a medida que caía, aparecían manchas de colores, reflejos, se había transformado en una de ellas. Había comprendido que las derrotas de las gotas de lluvia eran realmente triunfos, pues recorrían todo el mundo de arriba abajo, de abajo a arriba, una vez tras otra, eternamente, infinitamente.


jueves, 17 de junio de 2010

Aqua


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Días de lluvia, el olor de la lluvia, el cielo pintado a carboncillo. Brochazos de agua dulce con suaves pinceladas en tu ventana. Acuarela quizá. Nunca me ha gustado pintar con acuarela, cada toque en el papel con el pincel suponía una no vuelta atrás, al igual que las gotas que se deslizaban sinuosamente al otro lado del cristal, ya no volverían a estar donde lo estuvieron hace unos segundos. Mirar más allá del reflejo de tu rostro, contemplar el baile delicado de las lágrimas que el cielo esbozaba, retocando la superficie del lienzo de ahí donde se dejaban caer, combinándose entre sí como si una fuerza pasional indujera la fusión de sus tonos, dando como resultado la pureza estallando sobre tu piel, salpicándola, sumergiéndose en ella, oxigenando lo que en definitiva es y nos da la vida.