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domingo, 20 de abril de 2014

Quince minutos

Querido desconocido que estás al otro lado de mis ojos. Gracias por estar ahí, por sorprenderme y aparecer en los momentos menos pensados, gracias por hacerme olvidar que el mundo está lleno de pequeños rotos, por recordarme que la bondad sigue existiendo.

Tal vez no tengas un trabajo bien remunerado, que tengas que trabajar cuando los demás están divirtiéndose o durmiendo, que te encargues de limpiar la basura de aquellos que deciden  ensuciar nuestra vida, y que estés a miles de kilómetros de tu familia. Tal vez anoche pensé por un momento que fueras un sueño intempestivo durante el crepúsculo, pero me hiciste despertar y ver que eras real. Te acercaste a mí con sigilo y con una sonrisa como forma de presentación me preguntaste por cómo me encontraba, si estaba muy cansada, si era feliz, si venía de trabajar...

No está muy de moda en la capital española hablar con el compañero de asiento del bus al que solo terminas conociendo de reojo, a aquel que ves reflejado en los cristales del metro, o a aquel que sale corriendo mirando la pantalla de su smartphone. Eso de hablar con los trabajadores de la limpieza debe de formar parte del siglo pasado. Pero tuviste el atrevimiento de hacerlo y de conseguir transformar una fría estación de autobuses en un sitio algo más cálido y confortable. Porque además me dejaste refugiarme del frio cuando pudiste haber elegido la opción de cerrar las puertas automáticas hasta el día siguiente.

A ti, limpiador del intercambiador de Pza.Castilla
que ayer a las 3 de la madrugada conseguiste iluminar algo la noche, van dirigidas estas palabras.

martes, 7 de diciembre de 2010

El mapa del tesoro


El abuelo siempre está con las batallitas a cuestas, recuerda tan bien lo acontecido hace 50 años, pero tan débilmente lo que ha hecho hace 10 min que me pregunto si sus neuronas habrán decidido adaptarse al mundo actual e independizarse totalmente de la realidad, requisito de este nuevo milenio. Quizá no sea eso, sino una nueva forma de evadirse de nuestros tiempos modernos, tal vez haya decidido no prestar atención.
Y es que siempre anda con lo mismo, el Madrid de los años 40. ¿Tanto encanto tenían sus calles que son tan dignas de recuerdo? ¿Sus viandantes serían tan especialmente curiosos que necesitan aparecer en el presente? ¿O acaso sería la culpa de los sonidos y luces que las inundaban? Supongo que las sensaciones que emanaban de ellas era lo que les hacía diferentes. El elegir el destino sin prisa alguna, poder decantarse entre izquierda o derecha dándose el placer de poder perderse, corregir y volver al trayecto sin ninguna clase de preocupación, pues su elección había sido la correcta independientemente del punto al que llegara. Disfrutaba con cada paso que daba pues una nueva perspectiva del Madrid de la época observaría; con cada pensamiento de no sé dónde estoy, una nueva persona aguardaría a ser preguntada, y ésta de ser conocida. Aprendería. La tranquilidad era el denominador común en este mar de dudas geográficas.
Y bien, qué tenemos de tranquilidad en la actualidad. Prácticamente llevamos nuestra vida en los teléfonos móviles, llevamos el mundo en ellos, una ojeada al mapa en internet y listo; ni un segundo de incertidumbre he de permitirme. Como tengo poco tiempo, saldré con menos anticipación, pues total ya me encontraré a Ana que me guiará al lugar en cuestión. Y esto termina en un gran desconcierto e inseguridad, en miedo por avanzar por nosotros mismos. ¿Por qué no nos damos el placer de poner nuestros cinco sentidos en acción y prestar atención? ¿Por qué no por una vez en nuestras vidas intentamos hacer algo sin depender completamente de lo que el guía de turno/medios electrónicos nos dicten? ¿Por qué no consentimos la posibilidad de perdernos durante unos minutos?
¿Ninguna vez lo has hecho? Pues deberías probarlo. Prueba a quedarte alelado en una conversación con alguien, dejándote llevar por aquello que a tus pies decidan. Prueba a despertar de ese fabuloso espejismo real, prueba a saber volver al punto inicial. Prueba a ir sólo y descubrir lo que eres capaz de hacer sin necesidad de un plano en la cabeza, prueba a inmiscuirte por cada esquina, descubre el mundo con tus cinco sentidos, aprende, déjate llevar.
No me extraña que el abuelo mire hacia otro lado…

lunes, 13 de julio de 2009

El cubo que fue encerrado en un pensamiento.


El otro día se me rompió mi cubo de Rubik. La gente está loca, como tú y yo probablemente lo estemos para alguien del universo. Nadie pasa indiferente, ni siquiera a personas que ni siquiera conoces, aunque tal vez en cierto modo...las conozcas más que muchas otras. Es curioso, pero...¿nunca te has parado a pensar las historias que acompañarán a cada persona con la que compartes unos precisos segundos de tu vida?
En algunas ocasiones, pecamos de compañía, en otras, nos encontramos absortos en nuestros propios pensamientos y por ello, no nos damos cuenta de a lo que a nuestros oídos sucede. Parémonos a escuchar a las calles que transitamos, algunas llenas de vida; otras, en cambio a primera vista solitarias...pero, sin duda alguna, todas escoden grandes secretos.
Oímos gran cantidad de frases, algunas de ellas inconexas, sin sentido aparente, frases que no parecen presentar una mayor relevancia que otras, que al contrario, resuenan sonoramente en nuesros oídos; frases que parecen no poder salir de nuestras cabezas, cerradas a cal y canto. Frases, que...en ese momento nos pertenecen. Tal vez, ese pensamiento que salió como nube envolvente por su boca, no tuviera la mayor importancia...pero algo tenía que llamó nuestra atención. Sientes querer saber más de su vida, cómo se llamaría, qué habrian hecho sus deditos o qué cruel inclemencia habría sucedido para acabar con la morfología fisiológica de aquel cubo de Rubik, quería conocer la importancia de aquello, tal vez tuviera un tiempo récord en su solución, tal vez, fuera un regalo de su efímera infancia de algún ser querido...o.....tal vez un invicto competidor se lo hubiera dado, tal vez, con el tiempo, podría ayudarle a resolverlo...
El caso es que, de repente, una caja con botellas de refresco en su interior, que era transportada en un camión cuya puerta no estaba totalmente asegurada, se cae creando un agudo sonido que traspasa tus oídos. " Tengo que comprarlos".
( Qué tendrá que comprar. Sería conveniente que no cargara con demasiado peso. Quizá podría ayudarle. He de ir a Correos, me van a cerrar...).